domingo, 19 de julio de 2009

Domingo 19 de Julio de 2009

Mc 6, 30-34
Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: "Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco". Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

Los Apóstoles al regresar le contaron todo a Jesús. Pero el Señor mismo les propone tener un lugar de mayor tranquilidad para hablar con Él. Es que debemos saber interpretar cuándo es el tiempo para “las cosas de Dios” y cuándo para “el Dios de las cosas”. En el momento que decidimos contarle todo a nuestro Señor, lo bueno y lo malo, nuestras preocupaciones y esperanzas, nuestros sueños y frustraciones, nuestros encuentros y desencuentros, debemos encontrar la paz, la tranquilidad, la centralidad en nuestra comunicación con Él. No podemos estar hablando con un amigo y pensando en otras cosas, atendiendo otros quehaceres, teniendo otras cosas en mente. Debemos “disfrutar” de ese momento de conversación.

Muchos lo reconocieron y seguramente lo conocían de tal forma que hasta sabían en aquellos momentos de búsqueda de tranquilidad cuál era el lugar elegido. Pero no sólo eso, apuraron su paso y llegaron antes que Él. Esto es casi un desafío a nuestra fe. Saber dónde está Jesús y estar allí dispuestos a recibir su bendición. Preguntémonos un instante, en este momento, dónde pensamos que está Jesús. La siguiente pregunta inmediata es ¿estamos nosotros también allí donde pensamos que está Jesús para recibir su bendición? Cuanto más lo conozcamos, más intuitivamente responderemos ambas preguntas.

Jesús se compadeció de la muchedumbre. Una vez más, vemos los tres “co” del Señor ante la necesidad del otro tal como distintos pasajes nos refieren. 1) Se “conmueve”, es decir “se mueve con” lo que le ocurre al otro. No es indiferente. Ante una necesidad, no pasa de largo, se produce un movimiento, algo que tiende a revertir esa situación, algo se pone en movimiento ante la necesidad del otro. 2) Se “compadece” o tiene “compasión”, es decir “padece con” o “pasa con” quien tiene ese dolor, necesidad o sufrimiento. Pasa ese momento con él. A veces el sólo hecho de estar al lado del que sufre atenúa su dolor. 3) Se “comparte” es decir, “parte con” el otro lo que tiene, hasta su propia existencia, su propio ser. Lo que Él tiene, lo comparte, génesis de la multiplicación. Allí están las llaves: ante la necesidad o el sufrimiento del otro, debemos movernos, buscar hacer algo que cambie esa situación, debemos pasar con él tratando de tener la empatía necesaria para sentir su propio dolor, entenderlo y estar junto a él y debemos compartir con él lo que Dios ha puesto en nuestras manos, en nuestras mentes y en nuestros corazones.

domingo, 5 de julio de 2009

Domingo 5 de Julio de 2009

Mc 6, 1-6a
Jesús se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: "¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es ésa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?". Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. Por eso les dijo: "Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa". Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe.

La multitud está desconcertada. Tiene sentimientos ambivalentes. Por un lado reconocen la sabiduría y las acciones milagrosas del Señor. Por el otro cuestionan su “idoneidad” para tales cosas por su ámbito histórico. A veces nos suele suceder que repetimos esta conducta y “nos situamos por encima del otro” menospreciando lo que él pueda hacer por nosotros. Vemos su historia, su cultura, su contexto, su “apariencia”. Y ver esa “apariencia” nos priva de ver el interior, lo más rico que puede surgir de la persona. Y como aquellos habitantes, nuestros resquemores y prejuicios nos hacen perder la bendición que Dios quería darnos justamente a través de ese hermano.

Unos pocos enfermos sin embargo fueron sanados. Ellos veían la fragilidad de su humanidad y esto abría sus ojos de Fe. No les importaba que la inmensa mayoría cuestionara a Jesús, ellos creyeron contra toda desesperanza. Aún cuando a veces nos encontremos con un mundo que parece querer cuestionar la Fe, negar la acción milagrosa y desoír las enseñanzas divinas, sepamos que Jesús tiene algo para nosotros que nos cambiará la vida, que nos dará la Vida Nueva.

Jesús
se asombraba de aquella falta de fe. Sin embargo eso no le impidió seguir obrando en favor del bien de quienes lo rodeaban. A veces puede suceder que quienes más cerca nuestro están sean los mayores obstáculos para nuestro crecimiento en la fe y para nuestra actividad en la construcción del Reino de Dios. Podremos preguntarnos una y otra vez “¿cómo no nos entienden, cómo no se dan cuenta?” Sin embargo no debemos detenernos ante esas preguntas. Que el asombro de esa realidad no nos paralice y sigamos la tarea a la que el Señor nos ha guiado. Con ellos, sin ellos o a pesar de ellos.

domingo, 19 de abril de 2009

Domingo 19 de abril de 2009

Jn 20, 19-31
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan". Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: "¡Hemos visto al Señor!". Él les respondió: "Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré". Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Luego dijo a Tomás: "Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe". Tomás respondió: "¡Señor mío y Dios mío!". Jesús le dijo: "Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!". Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su nombre.

Los discípulos se encontraban con las puertas cerradas. El temor, la inseguridad, la falta de certezas muchas veces nos hace “encerrarnos”. Los problemas nos arrinconan, pareciera que quedarnos estáticos y sin hacer nada hará que pase con el solo transcurso del tiempo aquello que nos atormenta. La respuesta de Jesús es clara en dos aspectos: 1) cerrar las puertas a los problemas no los soluciona, recluirnos puede hacer que esas situaciones sigan creciendo con nuestra pasividad, nos cuesta hasta reconocer al Señor –hacen falta “signos” para alegrarnos- y a su vez priva a otros de la Verdad y la Vida. 2) Jesús nos insta a “ponernos en movimiento”, nos envía, nos induce a abrir las puertas y enfrentar a la adversidad con la misma autoridad conferida por el Padre.

Tomás no estaba con la comunidad en ese Domingo. Tal vez otras preocupaciones habían ensombrecido los ojos de su fe. A veces nos cuesta creer las noticias buenas y nos dejamos ganar por nuestro pesimismo. Pareciera que nos hacemos más eco de la humana “ley de Murphy” que de la buena, fiel y misericordiosa Ley de Dios. Algo tenemos que pensar a favor de Tomás: talvez no fue el único “incrédulo” dentro del grupo de los discípulos. Jesús no sólo tuvo que saludarlos en la primera ocasión del relato, sino que también debió mostrarles un signo: sus manos y su costado. Más aún, recordemos el pasaje en el que se cita que además tuvo que comer para superar las dudas del grupo. Por eso es frecuente que a nuestra vida le falte una mayor dosis de optimismo cristiano y humano. Esta actitud seguramente puede actuar como una especie de “burro de arranque” para movilizar el motor de una vida plena de frutos.

Jesús se mantiene en la costumbre de Dios: ser fiel y bueno sin límites. Se presenta una y otra vez a sus discípulos que en la segunda oportunidad continuaban con las puertas cerradas y lo estarían por algún tiempo más. El Señor insiste, no duda en mostrar las señales de que “es Él” quien se ha presentado, hasta condescendientemente en alguna oportunidad comerá con ellos. ¿Nos hemos modelado en nuestro vivir cristiano a imagen de esta conducta de Jesús? ¿Somos persistentes, volviendo una y otra vez a llevar palabras de aliento y consejo, ofrecernos serviciales y alegremente predispuestos a ayudar a quienes Dios nos pone en el camino? ¿Somos capaces de mostrarnos misericordiosos aún en medio de ambientes de incredulidad? ¿Somos generosos en dar lo que el Padre nos ha dado? ¿Es nuestro primer deseo en cada acción llevar la Paz? Jesús sopla una y otra vez sobre nosotros reiterándonos incansablemente “reciban el Espíritu Santo”, abriendo nuestros ojos y fortaleciéndonos para la misión que debemos realizar. También nos muestra signos inequívocos de su presencia. Y hasta nos declara Felices.

viernes, 27 de marzo de 2009

Domingo 29 de marzo de 2009

Jn 12, 20-33

Había unos griegos que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios durante la fiesta de Pascua. Éstos se acercaron a Felipe de Betsaida de Galilea, y le dijeron: "Señor, queremos ver a Jesús". Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. Él les respondió: "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: "Padre, líbrame de esta hora"? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!". Entonces se oyó una voz del cielo: "Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar". La multitud, que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel". Jesús respondió: "Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí".

Unos griegos llegaron a Jesús. Si lo expresamos así en una simple frase, no apreciamos la riqueza del contexto. Si recurriéramos a una lectura orante y reflexiva seguramente se nos irían abriendo puertas tras puertas mostrándonos cada vez con mayor profundidad como lo contextual nos aporta todavía más enseñanzas. Estos griegos o extranjeros seguramente tenían muchas diferencias y muchas exclusiones para la práctica de su fe. Tal vez varios de ellos ni siquiera hablaban el propio idioma de los israelitas. Debían recorrer largas distancias para llegar al templo para adorar al Dios de la bondad y la fidelidad, al que en algún momento habrían conocido y tomado la decisión de buscar separándose de las doctrinas de sus ancestros. Más aún, sabían de antemano que en ese contexto, nunca dejarían de ser una especie de “creyentes de segunda” a los cuales se les niega derechos de otros miembros de la misma comunidad religiosa, por ejemplo, acceder a los lugares del templo reservado para los judíos y contentarse con estar en el atrio, en el lugar de los “gentiles”. A pesar de esas dificultades y marginaciones, perseveran en fortalecer su fe en el Dios de Israel. Otra traducción de este pasaje, nos aclara que si bien un grupo de griegos iba en camino al templo, solo “algunos” de ellos quisieron ver a Jesús. Pero ¿cómo llegar? Hablan con Felipe y éste a su vez con Andrés que era originariamente de su misma tierra y entre ambos trasladar la inquietud a Jesús. El relato no concreta aseverando si el Señor los recibió pero descontamos que sí. Luego de tanta perseverancia en la fe, habían llegado no solo al templo que les privaba de acercarse a determinados lugares, sino que habían llegado literalmente al Santísimo, a cuya figura de lugar en el templo sólo el Sumo Sacerdote y esporádicamente podía entrar. A veces podemos situarnos en el plano de los griegos y tener que fortalecer nuestra voluntad, nuestra perseverancia, vencer las dificultades de la incomprensión, las distancias y hasta hacer un alto en el caminar para mirar hacia donde está Dios realmente. Otras veces podremos situarnos en el plano de Felipe haciendo de nexo para que los que tienen dificultades, los marginados y discriminados puedan canalizar su fe y llegar a Jesús.

La multitud oyó lo mismo pero cada uno escuchó algo distinto. Para algunos la voz del Padre simplemente era un trueno. No entendían su mensaje, o no estaban atentos a él, o se negaban a pensar que Dios pudiera hablarles, o sencillamente buscaban el fenómeno natural como explicación racional de aquella intervención de Dios. Para otros, se trataba de la voz de algún ángel. Éstos escuchaban, daban crédito, comprendían el mensaje, le daban un nivel espiritual de procedencia, pero con todo les faltaba (o les costaba) entender la real dimensión de aquel hecho en el que el propio Padre hablaba sobre su Hijo. Hoy en día nos puede suceder tanto una como otra instancia. ¿Qué haríamos si escucháramos a Dios hablándonos con la fuerza de nuestra propia convicción interior? Tal vez puede sucedernos como aquellos que ante un mensaje de Dios inquietante o que choca con nuestros preconceptos lo ahogamos queriéndonos convencer de que esa no debe ser la voz del Señor. Que seguramente estamos escuchando mal en nuestro corazón, que es sólo “ruido”. Otras tal vez lo vivimos como una experiencia externa, como algo que se sugiere pero evitamos darle el carácter profundo y decisivo de ser lo que Dios nos está queriendo decir, porque si “cambiamos” al Autor de un mensaje, cambian las implicancias, la credibilidad y la respuesta que deberemos dar.

Jesús sabe que llega el momento de consumar la obra redentora. El momento central de la historia. El Señor reconoce que su alma está turbada. Pero la misma bondad y fidelidad divina se muestran una vez más ahora que la hora ha llegado. A nosotros suele costar mucho ser imagen y semejanza de Dios en estas características de bondad y fidelidad. A veces nos centramos tanto en nuestras propias fuerzas y capacidades que hasta negamos si nos encontramos turbados ante aquello que debemos realizar, porque no sea cuestión que los demás nos crean débiles. Sin embargo la fortaleza está justamente en que reconociendo nuestras limitaciones, nuestros temores, nuestras imperfecciones, nuestras inseguridades y desalientos, seamos capaces de continuar porque para eso hemos llegado hasta ese punto. Pero más aún, para eso Dios nos ha fortalecido para llegar a ese punto y lo seguirá haciendo para animarnos a concretar su obra en nuestro medio. Aunque hayan multitudes que piensen que obramos guiados por impulsos tan efímeros, naturales y fugaces como el trueno, u otros que desvíen al Autor del mensaje que llevamos, o que como aquellos griegos experimentemos las dificultades de comunicación o distancia, de la marginación y la discriminación para la práctica de nuestra fe, aún así, con mayor fuerza resonará dentro nuestro la voz de Dios confirmando que lo que ya hizo lo volverá a hacer, y animándonos porque su fidelidad no tiene límites.

Domingo 29 de marzo de 2009

Jn 12, 20-33

Había unos griegos que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios durante la fiesta de Pascua. Éstos se acercaron a Felipe de Betsaida de Galilea, y le dijeron: "Señor, queremos ver a Jesús". Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. Él les respondió: "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: "Padre, líbrame de esta hora"? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!". Entonces se oyó una voz del cielo: "Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar". La multitud, que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel". Jesús respondió: "Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí".

Unos griegos llegaron a Jesús. Si lo expresamos así en una simple frase, no apreciamos la riqueza del contexto. Si recurriéramos a una lectura orante y reflexiva seguramente se nos irían abriendo puertas tras puertas mostrándonos cada vez con mayor profundidad como lo contextual nos aporta todavía más enseñanzas. Estos griegos o extranjeros seguramente tenían muchas diferencias y muchas exclusiones para la práctica de su fe. Tal vez varios de ellos ni siquiera hablaban el propio idioma de los israelitas. Debían recorrer largas distancias para llegar al templo para adorar al Dios de la bondad y la fidelidad, al que en algún momento habrían conocido y tomado la decisión de buscar separándose de las doctrinas de sus ancestros. Más aún, sabían de antemano que en ese contexto, nunca dejarían de ser una especie de “creyentes de segunda” a los cuales se les niega derechos de otros miembros de la misma comunidad religiosa, por ejemplo, acceder a los lugares del templo reservado para los judíos y contentarse con estar en el atrio, en el lugar de los “gentiles”. A pesar de esas dificultades y marginaciones, perseveran en fortalecer su fe en el Dios de Israel. Otra traducción de este pasaje, nos aclara que si bien un grupo de griegos iba en camino al templo, solo “algunos” de ellos quisieron ver a Jesús. Pero ¿cómo llegar? Hablan con Felipe y éste a su vez con Andrés que era originariamente de su misma tierra y entre ambos trasladar la inquietud a Jesús. El relato no concreta aseverando si el Señor los recibió pero descontamos que sí. Luego de tanta perseverancia en la fe, habían llegado no solo al templo que les privaba de acercarse a determinados lugares, sino que habían llegado literalmente al Santísimo, a cuya figura de lugar en el templo sólo el Sumo Sacerdote y esporádicamente podía entrar. A veces podemos situarnos en el plano de los griegos y tener que fortalecer nuestra voluntad, nuestra perseverancia, vencer las dificultades de la incomprensión, las distancias y hasta hacer un alto en el caminar para mirar hacia donde está Dios realmente. Otras veces podremos situarnos en el plano de Felipe haciendo de nexo para que los que tienen dificultades, los marginados y discriminados puedan canalizar su fe y llegar a Jesús.

La multitud oyó lo mismo pero cada uno escuchó algo distinto. Para algunos la voz del Padre simplemente era un trueno. No entendían su mensaje, o no estaban atentos a él, o se negaban a pensar que Dios pudiera hablarles, o sencillamente buscaban el fenómeno natural como explicación racional de aquella intervención de Dios. Para otros, se trataba de la voz de algún ángel. Éstos escuchaban, daban crédito, comprendían el mensaje, le daban un nivel espiritual de procedencia, pero con todo les faltaba (o les costaba) entender la real dimensión de aquel hecho en el que el propio Padre hablaba sobre su Hijo. Hoy en día nos puede suceder tanto una como otra instancia. ¿Qué haríamos si escucháramos a Dios hablándonos con la fuerza de nuestra propia convicción interior? Tal vez puede sucedernos como aquellos que ante un mensaje de Dios inquietante o que choca con nuestros preconceptos lo ahogamos queriéndonos convencer de que esa no debe ser la voz del Señor. Que seguramente estamos escuchando mal en nuestro corazón, que es sólo “ruido”. Otras tal vez lo vivimos como una experiencia externa, como algo que se sugiere pero evitamos darle el carácter profundo y decisivo de ser lo que Dios nos está queriendo decir, porque si “cambiamos” al Autor de un mensaje, cambian las implicancias, la credibilidad y la respuesta que deberemos dar.

Jesús sabe que llega el momento de consumar la obra redentora. El momento central de la historia. El Señor reconoce que su alma está turbada. Pero la misma bondad y fidelidad divina se muestran una vez más ahora que la hora ha llegado. A nosotros suele costar mucho ser imagen y semejanza de Dios en estas características de bondad y fidelidad. A veces nos centramos tanto en nuestras propias fuerzas y capacidades que hasta negamos si nos encontramos turbados ante aquello que debemos realizar, porque no sea cuestión que los demás nos crean débiles. Sin embargo la fortaleza está justamente en que reconociendo nuestras limitaciones, nuestros temores, nuestras imperfecciones, nuestras inseguridades y desalientos, seamos capaces de continuar porque para eso hemos llegado hasta ese punto. Pero más aún, para eso Dios nos ha fortalecido para llegar a ese punto y lo seguirá haciendo para animarnos a concretar su obra en nuestro medio. Aunque hayan multitudes que piensen que obramos guiados por impulsos tan efímeros, naturales y fugaces como el trueno, u otros que desvíen al Autor del mensaje que llevamos, o que como aquellos griegos experimentemos las dificultades de comunicación o distancia, de la marginación y la discriminación para la práctica de nuestra fe, aún así, con mayor fuerza resonará dentro nuestro la voz de Dios confirmando que lo que ya hizo lo volverá a hacer, y animándonos porque su fidelidad no tiene límites.

domingo, 22 de marzo de 2009

Domingo 22 de marzo de 2009

Jn 3, 14-21
Dijo Jesús: De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.


Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto. Pero ¿por qué? Si releemos la historia narrada en el libro de los Números podremos trazar varias analogías. Recordemos que Dios alimentó a su pueblo con el Maná. Aún cuando Israel venía de una victoria reciente, se mostró cansado de aquel alimento. Una vez más como tantas otras, Israel recriminó a Moisés y al propio Dios por aquella situación. Una y otra vez, Dios había guiado y sostenido los pasos de su pueblo. Y cada tanto, reaparecían las voces de reclamos. Nada parecía conformarles. Siempre querían algo más, otra cosa, atender sus puntos de vista humanos, muchas veces mezquinos y prepotentes. El apartarse del alimento de Dios los condujo a un callejón sin salida, enfermando y muriendo lieteralmente. Fue entonces que Dios una vez más mostró su bondad y su fidelidad a su pueblo e indicó a Moisés que hiciera aquella serpiente de forma que con solo mirarla los israelitas recobraban la salud y no perdían la vida. ¿Nos pasa a veces que mirando hacia atrás somos incapaces de ver la presencia de Dios en nuestras vidas? O al menos desvalorizar aquello en función de nuevas sensaciones y cuestionamientos emergentes. Le discutimos a Dios y le reclamamos porque no nos da lo que queremos. ¿Nos habremos cansado de su Palabra? ¿Se nos habrá tornado rutinaria? ¿Queremos otras respuestas que se adecuen a nuestras humanas limitaciones? ¿De pronto encontramos esa Palabra desabrida e insulsa? Miremos entonces a la Palabra levantada en alto, sufriendo y muriendo por nosotros, revaloricémosla, démosle nuevamente cabida en nuestro corazón, comamos de ella cotidianamente descubriéndola renovada en cada jornada. Cada vez que nuestra vida parezca carente de rumbo, sin sabor, aburrida o tediosa, seamos capaces de mirar a lo alto del Madero, seamos capaces de valorar aquella entrega por nuestra propia vida y con esa efusión sigamos caminando, pues todavía hay mucho por recorrer.

Los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, es la triste afirmación que nos devuelve el espejo del relato. Es cierto que si recorremos la historia de la humanidad encontramos a cada paso acciones erróneas, es decir alejadas de la Verdad, de aquello que constituye la voluntad de Dios para el mundo que Él creó. En realidad no sería necesario siquiera mirar hacia atrás. Cuando un edificio se viene abajo, es indudable que una o varias cosas estuvieron mal en su proceso de construcción. Independientemente de cual haya sido, todo el edificio sufrió la consecuencia. Se puede haber utilizado el acero más noble, pero un dopaje equivocado en la composición del hormigón podría ocasionar el derrumbe. O bien todos los materiales ser de primera calidad pero haber desaciertos en los cálculos estructurales del profesional. Igualmente, por excelente que fuera la calidad de los materiales y brillantes los cálculos de los diseñadores, nadie puede asegurar cómo obrará el paso del tiempo o condiciones externas no contempladas. Así sucede con el “edificio” de la humanidad. Hoy en día vemos el derrumbe de millones de personas viviendo en condiciones infrahumanas, padeciendo necesidades de todo tipo, miles de hechos de violencia que van desde una respuesta colérica hasta la más atroz de las guerras, sufrimiento, dolor, ultrajes… Las tinieblas indudablemente han estado presentes a cada paso en el proceso de esa construcción. Sin embargo, la promesa es que las tinieblas no prevalecerán sobre la Luz. En cada continente, en cada país, en cada región, en cada humilde pueblo encontraremos personas que decididamente se dejan iluminar por Dios y reflejándola a su entorno. Como dice el relato, obrando conforme a la Verdad se han acercado a la Luz y podríamos acercar en este círculo virtuoso que acercándose más a la Luz, más obrará conforme a la Verdad. Cada uno de nosotros nos encontraremos a diario, a cada instante con esta opción. Las tinieblas y la Luz se nos presentarán como decisión a tomar en cada una de nuestras acciones, palabras y silencios.

El Hijo de Dios vino para que nos salvemos. Así de simple. Sin muchas explicaciones teológicas ni argumentaciones filosóficas. Sin complicados mecanismos ni agobiantes reglas. Sin necesidad de merecimientos ni de calificación. La pregunta en consecuencia también es simple: ¿queremos ser salvados? Porque allí está nuestra voluntad libre. ¿Nos ha sucedido alguna vez que estando enfermos el médico nos recetó una medicina? Podríamos haber leído con atención las minúsculas letras del prospecto. Aún así no comprenderíamos las acciones de cada uno de los componentes. Y aún comprendiéndolo, no sabríamos los delicados procesos que intervendrían en su producción. Tampoco nos preguntaríamos por los controles de calidad que debiera haber sorteado ni por quien fue el inventor de la fórmula. Haciendo un acto de confianza en todo lo intermedio, desde el médico que nos recetó tal solución hasta que la medicina llegó a nuestro alcance, simplemente la tomamos. Pero ese acto de confianza requirió de nuestra voluntad para aceptar aquel mecanismo para nuestra cura. Luego, con el correr de las horas o los días, el recuperar la salud nos muestra los frutos de ese acto volitivo y de esa expresión de confianza. Así también podemos comprender que por la Fe aceptamos con la acción de nuestro libre albedrío la Salvación que Dios nos acercó por medio de su Hijo. Esto nos llevará a mostrarnos sanados, hombres nuevos, redimidos, ciudadanos de un Nuevo Reino. Y esos frutos en nuestras vidas serán semillas en el camino de los otros. Cuando un enfermo grave sana gracias a una medicina, quienes lo rodean y él mismo se encargan de instalar las bondades de esa medicina en cuantos la puedan llegar a necesitar. Así el enfermo sanado se habrá constituido en un humilde modelo de lo que la medicina pudo realizar y así ayudar a otros. Nuestra conversión mostrará sus frutos y hará que otros y nosotros mismos, volvamos a comer de la Palabra y del Cuerpo de aquel Árbol que nos devuelve la Vida.

domingo, 15 de marzo de 2009

Domingo 15 de marzo de 2009

Jn 2, 13-25
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio". Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: "El celo por tu Casa me consume". Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?". Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar". Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?". Pero él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado. Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: Él sabía lo que hay en el interior del hombre.

Los judíos mencionados en el relato (fuera de los discípulos y del propio Jesús) podrían dividirse en tres grupos. En principio los vendedores y cambistas que se beneficiaban con las legislaciones impuestas desde el templo que no solo imponían pesadas cargas sobre los fieles, sino que también los alejaban del verdadero corazón de Dios. Les ofrecían la imagen de un Dios al que no podrían llegar si no “tenían” algo para entregar decidiendo ellos qué era válido y qué no. Lo más acuciante era la cercanía que habían logrado con el centro religioso, a punto tal que estas actividades se practicaban en el templo mismo. Vale entonces preguntarnos si a veces no recurrimos a una visión “mercantilista” de nuestra fe. O lo que es peor, transmitimos a otros esa imagen de una fe mirada con los ojos de la sociedad de consumo. Solemos conservar los ritos automatizándolos de tal forma que vemos el envoltorio sin tomar en cuenta el contenido y mostramos a otros esa imagen. O lo que es peor, medimos la relación del otro con Dios con aquella misma vara sintiéndonos jueces de su vida de fe.
El segundo grupo de judíos podría estar representado en aquellos que piden signos pero cuando se los anuncian y se contraponen con sus expectativas, no dudan en cuestionarlos, criticarlos y desecharlos. Solemos interponer nuestros pensamientos humanos y por tanto limitados a la voluntad de Dios. No sólo preguntamos “¿porqué?” sino que además cuestionamos su hacer o dejar hacer. Es como si nos ubicáramos en un plano superior y estuviéramos en condiciones de decirle a Dios cómo se deben hacer las cosas. Seguramente si de nosotros dependiera muchas veces hasta “aboliríamos” el libre albedrío que Dios ha conferido a la humanidad. Y cuando descubrimos que nuestras acciones nos han alejado del corazón de Dios, buscamos excusas, exponemos nuestras razones, queremos justificar nuestros actos y pretender que acciones erróneas se constituyan en la verdad a seguir.
El tercer grupo de judíos lo constituyen aquellos que creyeron en su Nombre y a través de sus signos. Sin embargo bajo ese manto de piedad, bajo esa piel de disposición a acercarse a Dios, habían otras raíces que no escapaban a la profunda mirada del Señor. A veces tenemos algo así como “ráfagas” de cristianismo. Algunos acontecimientos en nuestras vidas nos acercan a la oración, a la escucha y meditación de la Palabra de Dios, a las acciones de amor hacia nuestros hermanos, hacia los gestos de reconciliación. Pero son justamente ráfagas disparadas por esas circunstancias. Cuando el tiempo atempera esas vivencias, vamos volviendo a una vida con menos contenido de fe, con menos acento en la espiritualidad y el obrar en consecuencia.

Los discípulos recordaron una y otra vez. Recordaron las escrituras en primera instancia y luego recordarían los anuncios de Jesús. Este hecho seguramente nos habla de la importancia de darle cabida continuamente a beber el agua de la Palabra, de reflexionarla y meditarla, de atesorarla y buscarle el sentido para nuestras vidas. Solo una apropiada “asimilación” nos permite recordar con prontitud. De esta forma, a cada paso de nuestro cotidiano existir encontraremos nuestra propia hermenéutica, un razonamiento y juicio de los sucesos contrastados con el espejo que nos brindan las enseñanzas transmitidas. A veces ha de pasar algún tiempo para que comprendamos su cabal sentido, pero si nos sumergimos en un diálogo constante de lectura y oración con la Palabra de Dios, podremos descubrir cual es la mirada del Señor en los sucesos que se vayan originando en nuestras vidas.

Jesús aparece con tres respuestas contundentes a las actitudes de cada uno de los grupos que mencionamos antes. Sabía que con aquella férrea actitud se ganaba el odio de la dirigencia político-religiosa que buscaría acabar con Él. Este mismo hecho es puesto en los escritos de los restantes autores evangélicos como el detonante final de la decisión de matar al Señor. En uno de los casos, la contundencia está dada en la acción física en sí, tomándose el trabajo de hacer un látigo y echar a vendedores y cambistas. Es claro entonces que frente a las injusticias, no es suficiente con denunciarlas y criticarlas. Se hace necesario tener una actitud comprometida y que no deje lugar a dudas. Nuestras acciones deberán ser coherentes con nuestras palabras y nuestros pensamientos. Debemos acompañar con hechos de vida nuestra defensa de los postulados del Reino de Dios.
La segunda actitud de Jesús no es menos contundente: desbarata las estructuras. Presenta a aquello que constituía como el centro mismo de la vida del judaísmo, como un mero recinto de debilidades sujeto a ser destruido y reconstruido. Además de referirse a su propio Cuerpo como aclara el escritor, el Señor proponía a sus interlocutores que aquello que era su “tesoro”, el “centro” de sus vidas, llegaría a ser nada más que escombros. Es duro, pero a veces nosotros hemos construido fortalezas en nuestras vidas, hemos centrado todo nuestro existir en estructuras sociales que aparentan brindarnos seguridad, y de pronto, nos encontramos con que hemos equivocado el camino, con que allí no estaba la voluntad de Dios, aún cuando nos hubiera llevado décadas de caminar en ese sentido, desubrir de pronto nuestro error. Lo importante en este caso, es no quedarnos a la mitad de la frase de Jesús, no quedarnos con el anuncio de la destrucción, de lo que ha sido nuestra errónea construcción, sino dejar que Él sea quien en tres días, en apenas un instante, nos reconstruya, nos enmiende, nos llene con la Luz de su verdad.
Finalmente encontramos a Jesús no confiando en quienes aparentemente creían en Él y se maravillaban con sus signos. Muchas veces las “segundas intenciones” son moneda frecuente aún en medio de nuestra vida de fe. Las apariencias dominan nuestra conducta en distintas ocasiones. Nos privamos de ser como siente nuestro corazón por no aparentar. O nos esforzamos en aparentar lo que no siente nuestro corazón. Esa dualidad no sólo se da en nuestro proceder personal, sino también en lo familiar, lo social, lo laboral y hasta la vida comunitaria. Pero esto no debe asustarnos ni alejarnos, al contrario, debemos dejar que Jesús sea quien con su mirada a nuestro interior nos revele su juicio crítico sobre nuestras acciones, que nuestra conciencia esté continuamente llamándonos a remediar esa actitud que aparece presente a lo largo de toda la historia de la humanidad. San Pablo confesaba hacer el mal que no quería, Simón negaría a Jesús aparentando no ser su discípulo, los hijos de Zebedeo querían para sí los mejores lugares, y así podríamos seguir encontrando no sólo en el nuevo sino también en el antiguo testamento ejemplos innumerables. Está en nosotros estar convencidos de que Jesús sabe lo que somos, conoce nuestras debilidades y siempre tiene una Palabra para nuestra vida que nos da la posibilidad de mostrarnos como somos sin temores ni condicionamientos, y construir lo que somos mostrándonos su voluntad.

domingo, 8 de marzo de 2009

Domingo 8 de marzo de 2009

Mc 9, 2-10
Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: "Éste es mi Hijo muy querido, escúchenlo". De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría "resucitar de entre los muertos".

Pedro no sabía que decir. Como tantas otras veces su impulsividad lo llevaba a realizar comentarios que más de una vez le significaron reproches del Señor. Muchas veces nos cuesta el silencio. Aún en la oración, nos cuesta dejar el momento de silencio para escuchar a Dios y en cambio llenamos nuestro tiempo de diálogo con él con nuestras palabras. Por eso talvez la importancia de la recomendación de la voz del Padre: “escúchenlo”. En un mundo lleno de urgencias nos falta tiempo para estar en silencio y escuchar. Escuchar a Dios, escuchar al otro, escuchar aún el eco de nuestras palabras, repensar lo dicho. Pedro había expresado una frase que “sonaba bien” que parecía ser algo adecuado, pero como dice el pasaje sin saber qué decir en ese momento. A veces nos puede suceder también en esa urgencia de hablar de todo, de encontrar respuestas inmediatas a todo, de “no quedarnos callados”, esbocemos palabras para sencillamente quedar bien pero no aceptamos nuestras limitaciones y con humildad pensar que hay situaciones para las que no tenemos más que decir que nuestro silencio o sencillamente “vivir” ese momento sin necesidad de agregar comentarios.

Pedro, Santiago y Juan fueron llevados por Jesús con Él como tantas otras veces. Sus amigos íntimos y no el resto compartían algunos momentos específicos en la vida del Señor. Es probable que muchas personas al ser consultadas en las sandalias de qué personaje de todos los narrados en el Evangelio quisieran estar elegirían a alguno de aquellos que pertenecían a ese círculo tan allegado. Otros pensarían que esos lugares podrían estar en manos de personas colmados de buenas acciones y santidad en sus vidas. Sin embargo, si miramos a aquel trío de apóstoles, capítulo tras capítulo nos sorprendemos con sus actitudes. Lo impulsivo de Pedro que más de una vez lo hizo tener que retractarse o recibir reproches de Jesús, como en el momento del lavado de pies, o como su triple negación, o como al pensar que podía evitar que su Señor fuera entregado a las manos de los hombres, o aún en las disputas posteriores de sus seguidores con otras comunidades también seguidoras del camino del Señor. Santiago y Juan, los “hijos del trueno” no le iban a la zaga. Eran capaces de egoísmos tan grandes como pretender apropiarse en la gloria del Señor de los lugares a su derecha y a su izquierda. Traspasados por ánimos vengativos y homicidas proponían al Señor hacer caer fuego para destruir aquella ciudad que no los quería recibir. Hasta en la narración inspirada por Juan se dejaba tan mal parado a Pedro, al punto de destacar que por su edad no corría tan rápido o presentar también en él un tinte egoísta al preguntarle a Jesús qué harían con el discípulo amado que iba con ellos. Esos eran los “íntimos” de Jesús. Sólo que a sus limitaciones humanas, la acción de Dios los transformó de raíz. A punto tal de que el último capítulo del Evangelio Jónico nos muestra la forma en que ambas comunidades realizaban sus encuentros en la fe para zanjar las discusiones, enojos y contrariedades. Así también nosotros estamos llenos de limitaciones y heridos por el pecado. Pero Jesús una y otra vez vuelve a invitarnos a subir con Él al monte, a compartir su gloria, a conocer lo más profundo de su ser y a seguir la invitación del Padre a escuchar a su Hijo amado.

Jesús seguía hablando a sus amigos aún con expresiones que ellos poco entendían. Bajando del monte les volvió a anunciar la resurrección. Ya en otras oportunidades se había encargado de aclararles que debía ser entregado para padecer, morir y finalmente resucitar. Sin embargo, estas cuestiones eran complicadas de entender y de asumir por sus amigos y seguidores. Pero era la verdad, la realidad, lo que habría de suceder. Muchas veces nos encontramos con que Jesús parece decirnos cosas que no entendemos, guiarnos por caminos que no conocemos, llevarnos a montes en los que por momento estamos bien y que de pronto debemos descender al llano y afrontar esa realidad que nos circunda y muchas veces nos golpea. Pero ahora, con una nueva mirada, con la certeza de que estamos en la senda por la que el Señor nos ha llevado y que él continuará tomándonos consigo tanto en los ascensos como en los descensos, hablándonos con la Verdad y llamándonos a poner nuestros ojos en la Resurrección.

domingo, 1 de marzo de 2009

Domingo 1º de Marzo de 2009

Mc 1, 12-15
El Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde fue tentado por Satanás durante cuarenta días. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían. Después que Juan Bautista fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: "El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia".

El Espíritu muchas veces nos mueve a recorrer caminos que antes no hemos transitado o que al menos carecemos de certeza en cuanto a las posibilidades de ventura que tengamos al recorrerlo. La imagen de un desierto siempre amedrenta porque nos enfrenta con nuestra propia soledad. El hombre, ser social por naturaleza, avanza en esa aparente soledad. Se requiere una fortaleza grande en la fe para no retroceder. Para descubrir que allí en medio del aparente desierto, está Dios con sus ángeles esperando que sólo le hablemos, le confiemos nuestras sensaciones, carencias y temores para asistirnos. Pero también estaremos al acecho de las “fieras” que pugnarán por hacernos retroceder, por hacernos dudar si es que en verdad el Espíritu nos llevó por ese sendero de oración y preparación, de acciones concretas y decididas aún a pesar de lo inseguro, difícil o incierto que pareciera avanzar en esa dirección. Pero debemos también preguntarnos como somos en relación con otros “caminantes”. ¿Seremos el desierto que lo aísla, lo atemoriza, lo cuestiona, lo desafía, lo ignora, le consume las fuerzas y no le brinda más que aridez y sequía? ¿Seremos las fieras que están al acecho, prestas para intimidar, impedir, detener, hacer volver atrás, demoler o dañar? ¿O estaremos como los ángeles al servicio de Dios para ayudar al caminante a transitar su propio desierto, acompañarlo, servirle de ayuda y sustento, fortalecerlo y defenderlo del mal?

Satanás tentó a Jesús durante cuarenta días. Más allá de lo literal o lo simbólico del número de días, el solo hecho de imaginarnos a cualquiera de nosotros enfrentados con lo más encumbrado del mal un solo día nos resulta al menos preocupante. Seguramente ha habido días en que tres o cuatro cosas no salieron como pensábamos y ha sido suficiente para exclamar que ese día todo nos salía mal, que no teníamos “suerte” como expresión de algo externo que tenía poder de influir positiva o negativamente en cuanto emprendimos aquella jornada. Lo que podemos inferir del relato, es que Satanás podía “tentar” al Señor, pero no podía “imponer” sus propósitos. De manera análoga, la “llave” para ceder a la tentación del mal está en nuestras manos. En cada acción cotidiana nuestro libre albedrío nos proporciona tres opciones: obrar conforme al bien orientados por la voluntad de Dios, hacerlo de acuerdo con alguna tentación “facilista” que se nos presenta contraria a los planes del Señor, o simplemente no actuar y dejarlo librado a decisiones de otros, evitando nuestro compromiso, nuestra responsabilidad y en definitiva nuestro ser e identidad. La llave está en nuestras manos, si nosotros no abrimos la puerta, el mal no entra. Cuando permitamos que ingrese, sepamos también que él no es el dueño, seguimos siendo nosotros, y podemos acudir al Dios que desde antes ya nos estaba esperando para guiarnos en nuestro desierto.

Jesús nos dice: “el tiempo se ha cumplido”. El tiempo es el bien más preciado del ser humano. Toda la fortuna del mundo no le podrá comprar un día más de vida. Por más que nos esforcemos, no podremos retroceder el tiempo, hacer que vuelva a atrás. Y muchas veces no somos concientes de cómo dejamos que el tiempo pase sin fecundar acciones. No solo orientados por la recomendación del Señor de volver nuestra mirada hacia él y caminar por las sendas que él nos propone, sino aún impasibles frente a nuestro propio llamado a la realización humana. ¿Nos hemos puesto a pensar cómo distribuimos las horas que vivimos cada día? Si escribiéramos una lista seguramente nos sorprendería conocer el cúmulo de tiempo en el que hemos sido “espectadores” de la vida frente a los pocos momentos en que hemos sido “actores” protagónicos de esa misma vida, la nuestra, la de nuestras familias, la de nuestros grupos de trabajo, estudio o afinidades, la de nuestras comunidades y sociedades. La expresión “el tiempo se ha cumplido” debiera sonar en nuestros oídos como el timbre que nos anuncia el final de un recreo. De aquí para adelante cada minuto que perdamos sin hacer lo que Dios soñó para nuestra vida será irrecuperable. Cada instante que aleje nuestro corazón de la conversión sincera y dócil a la voluntad de Dios, demorará más nuestro reencuentro con Él y tendrá incidencia difícil de estimar en el afianzamiento de su Reinado. Cada vez que dudamos de su Buena Noticia, que no creemos, que no expresemos lo que creemos o que no obremos conforme a lo que creemos, estaremos quitando de la centralidad de la historia a Jesús, para nosotros y para quienes dependen o necesitan de nuestras acciones.

domingo, 22 de febrero de 2009

Domingo 22 de febrero de 2009

Mc 2, 1-12
Jesús volvió a Cafarnaún y se difundió la noticia de que estaba en la casa. Se reunió tanta gente, que no había más lugar ni siquiera delante de la puerta, y él les anunciaba la Palabra. Le trajeron entonces a un paralítico, llevándolo entre cuatro hombres. Y como no podían acercarlo a él, a causa de la multitud, levantaron el techo sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico. Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: "Hijo, tus pecados te son perdonados". Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: "¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?". Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: "¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: "Tus pecados te son perdonados", o "Levántate, toma tu camilla y camina"? Para que ustedes sepan que el Hijo de hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados, dijo al paralítico: Yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa". Él se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: "Nunca hemos visto nada igual".

Esos hombres actuaron con convicción y determinación. No se cuestionaron qué opinarían los demás de su actitud. Tal vez alguno de los que estaban aguardando pacientemente habrán refunfuñado por su actitud buscando adelantarse como diera lugar. Quizás hasta hayan criticado el acto de levantar el techo y hacer un agujero pensando en lo desmedido de esa conducta. Porque si todos hubieran estado de acuerdo, hubieran abierto el paso y dejado entrar primero al paralítico en su camilla y no forzar a tener que realizar todas esas piruetas. Pero por más que les hubieran cuestionado, nada importó a esos hombres que llevaban a su amigo postrado. De hecho, éste último ni habló, ni pidió nada. El Señor simplemente miró la fe de quienes lo habían llevado. Muchas veces nuestra fe es la que sostiene a los otros, aún a pesar de las adversidades y de que muchos nos puedan criticar o desalentar. A veces nos pasa que nos dejamos encorsetar por las estructuras sociales y no nos animamos a hacer un agujero en el techo para estar en contacto con Jesús, con su Palabra, con su Vida. Y no solo por nosotros, sino por otros que lo necesitan. La pregunta entonces, es ¿hacemos todo lo posible? Tal vez nos dejamos vencer aún en el intento, aún en la buena intención. Esos hombres podrían haber pensado que hay que esperar mucho, que los demás los cuestionarían, que tal vez ni siquiera pudieran subir al paralítico, que hasta podría caérseles en el intento y finalmente ni siquiera sabían si Jesús no los reprendería por aquella actitud. ¿Pasan a veces por nuestra mente frente a la necesidad de estar en contacto con Dios ánimos semejantes? ¿Dejamos “pacientemente” nuestra necesidad de Dios para más adelante? ¿Nos preocupamos por las críticas de quienes nos rodean, aún de nuestras comunidades de fe, cuando hacemos algo por acercarnos al Señor? ¿Somos capaces de romper con las estructuras que se interponen para ello? ¿Nos desalientan aún los desafíos, los esfuerzos? ¿Somos creativos, constantes, perseverantes y decididos a la hora de ayudar a otros a acercarse al Señor? Y que bueno sería vivir de tal manera que cuando nos toque a nosotros ser “el paralítico” podamos contar con nuestros amigos que nos sustenten y nos ayuden en el camino del encuentro con Dios.

Los escribas parecen infaltables en cada comunidad. Es decir la “conducta” de un escriba. Tan centrados en las legislaciones humanas plagadas de errores, olvidan lo importante, no disfrutan el momento de encuentro con Dios. Todo tiene que tener una explicación “escrita”, racionalizada y acomodada a las ideas prevalecientes en la época. Más allá de la discusión ideológica que mantuvieron siempre con Jesús, ni siquiera pudieron disfrutar de esos regalos de Dios que hacían tanto bien a su propio pueblo. Cuestionarían –y de hecho lo hacían- hasta las propias decisiones de Dios. Muchas veces expresamos nuestros juicios endilgándole a Dios cuestiones que pasan por propios errores humanos. Luego terminamos generando dichos como “Dios le da pan a quien no tiene dientes”, o resolvemos una charla sobre otra persona diciendo “viste, Dios la castigó” o más aún, queremos un Dios a nuestra medida, a medida de lo que nosotros pensamos, de lo que nosotros “creemos que Dios tendría que hacer”. A veces nos empecinamos en buscar “explicaciones” acordes con nuestro limitado entendimiento de cosas que lo exceden. No sería raro que el día de la resurrección mientras algunos estuvieran felices viviendo gozosos ese momento, un grupito estuviera al margen en plena discusión tratando de explicarse los sustentos teológicos de aquello que estaba pasando. Descubrir a cada paso la acción y las señales de Dios separándolas de aquello que es propio del error del accionar humano es una de las bendiciones que deberíamos pedir a Dios con la misma convicción con que Salomón pidió sabiduría.

Jesús perdonó al paralítico sus pecados. Más allá de las enseñanzas teológicas, de la discusión suscitada con los escribas, de la admiración del pueblo y de todo lo que circundó aquel milagro, se puede ver también la acción profunda de Jesús sobre el mal. El Señor estaba hundiendo sus manos buscando las raíces y no quedándose con lo superficial. Queriendo actuar sobre aquello que era la causa y no sobre los efectos. Jesús sabía que sus palabras suscitarían la discusión. Más aún, ¿quería confirmar allí la idea que existía en función de la cual una enfermedad podía deberse al “pecado” del propio enfermo o de sus padres? A veces corremos el riesgo de querer extraer enseñanzas erróneas de los relatos. Una imagen burda para ejemplificar sería si no entendiéramos las parábolas y las metáforas y las tomáramos literalmente, tal como cuando Jesús señaló que es “la puerta” sin que a nadie se le ocurra pensar en la literalidad de la expresión. A veces nuestras enfermedades están relacionadas con nuestras malas conductas. Ingerir elementos nocivos para la salud aún a sabiendas, es un claro ejemplo. De más está decir que el paralítico también era humano y por ende sujeto al pecado, tanto como a ninguno de nosotros se nos ocurriría pensar que existe persona inmune a él a nuestro alrededor, obviamente ni nosotros mismos. Pero el acento al escuchar la frase de Jesús no la debemos poner en el pecado, sino en el perdón, porque si ponemos el acento en el pecado, estaremos mirando al paralítico, mientras que si lo ponemos en el perdón, estaremos volviendo la mirada a Dios. Y cuando en nuestra vida nos enfrentamos a situaciones en las que hay algo que está mal ya sea en nosotros mismos, nuestras familias, nuestras comunidades o la sociedad toda: ¿buscamos las raíces profundas que lo ocasionan? ¿o sencillamente nos quedamos con una solución facilista que “emparche” momentáneamente la situación? Cuando vivimos alguna mala experiencia, algún mal momento, algo que nos inquieta, nos duele, nos entristece o nos preocupa, ¿somos capaces de mirar dentro nuestro buscando las raíces que pueden haberlo motivado o buscamos soluciones “aparentes, prácticas y visibles”? Tal como se nos alerta en una de las parábolas, si cortamos el tallo y dejamos el tema de la raíz sin resolver, al tiempo crecerá, y probablemente con mayor fuerza. Emparchar situaciones significaría entonces vivir sabiendo que siempre crecerá un tallo que habrá que cortar. Si hundiéramos nuestras manos en lo profundo, de ahí para adelante podríamos quedar con el tiempo disponible para vivir sin preocuparnos de nuevos tallos de viejas raíces.

domingo, 15 de febrero de 2009

Domingo 15 de febrero de 2009

Mc 1, 40-45
Se le acercó un leproso a Jesús para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: "Si quieres, puedes purificarme". Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: "Lo quiero, queda purificado". En seguida la lepra desapareció y quedó purificado. Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: "No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio". Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a él de todas partes.

El leproso tuvo una actitud de entrega tal que fue capaz de conmover al Señor. “Si quieres…” implica saber que Jesús tenía el poder para hacerlo, pero también reconocer que tal vez existiera la posibilidad por alguna causa que él no llegaba a discernir, por la que el Maestro pudiera “no querer” hacerlo. Nos cuesta muchas veces entender que Dios pueda ver más allá de nuestra temporalidad y que lo que puede parecernos como una angustiante ausencia de respuesta, es en realidad la mejor de las respuestas. Podemos querer embarcar a Dios en nuestros caprichos o en nuestras visiones imperfectas y si no obtenemos la respuesta que buscamos hasta nos sentimos “abandonados”. Sucede tal vez que no hemos buscado una respuesta sino una confirmación a nuestra forma de ver las cosas, y Dios en su omnisciencia seguro puede haber encontrado algo que nos resulte más provechoso para vivir en su Reinado. Pero en un segundo momento, el leproso parece olvidar esa confianza absoluta en la Palabra del Señor que podía curarlo con sólo quererlo, e hizo caso omiso de sus recomendaciones de silencio. Resultado: Jesús ya no podía entrar públicamente para llevar la Buena Noticia a otros. A veces recibimos bendiciones de Dios y ni bien las hemos saboreado nos apropiamos de ellas pero no obramos en consecuencia con filial aceptación “del resto” del mensaje que también provienen de Él. Tomamos de Dios lo bueno pero no nuestras obligaciones para con los otros. Creemos saber más que Dios, que Él no entiende como hay que actuar en este mundo, que nosotros podemos hacerlo a nuestra forma. Por lo visto terminamos complicando nuestra vida y la de la Iglesia. No ayudamos, sino que entorpecemos. Aún a veces las aparentes “buenas obras” o “buenos testimonios” no están en sintonía con la voluntad de Dios. Él conoce en toda su profundidad el devenir de nuestras acciones y sus consecuencias. Muchas veces frente a resultados no esperados nos quedamos diciendo “la intención era buena…” cuando en realidad la “buena intención” sería seguir la voluntad de Dios, aún cuando ésta aparezca contraria a nuestra “buena intención” humana.

El sacerdote estaba esperando en el templo. Aparece en este contexto como una suerte de “fiscalizador” de la sanidad. Pero no ha hecho nada por que ella se concretara. Es más, la ha profundizado. Porque en aquellos tiempos, al flagelo físico, la lepra agregaba la exclusión social del enfermo condenándolo a una vida sin futuro más que esperar la hora de su muerte. Jesús cambió esto como signo de cambios mucho más profundos. Él sí que actuaba queriendo modificar las situaciones y generando la realidad de un futuro mejor. La inactividad del sacerdote nos puede recordar cuantas veces nos quedamos “sentados” esperando que sucedan las cosas y si no pasan, solemos culpar a Dios, olvidando nuestra participación, nuestra responsabilidad, en el medio de su Reinado, en el que queremos estar, al que proclamamos adherir. Y hasta nos convertimos en “fiscalizadores” de lo que sucede con la fe y la vida de otros. Nos hacemos jueces de la conducta del otro por quien no hemos hecho nada. Permanecemos estáticos en nuestros sitios esperando que todo nos llegue cuando el ejemplo del Señor es movernos, ir, conmovernos, “querer” un mundo mejor para todos y hacerlo.

Jesús, como nos muestra en un solo párrafo Marcos nos brindó siglos de enseñanzas en solo tres segundos. Es que con nuestras acciones podemos dar testimonio de nuestra fe de modo tal que horas y horas de explicaciones teológicas no podrían hacerlo. El Señor se “conmovió”, es decir, se “movió con” el otro que padecía. No en otro sentido, no en otro plano, no en otra temporalidad. Se movió en el mismo sentido en que aquel leproso lo necesitaba. ¿Nos conmueve la aflicción, la desesperanza, los padecimientos, la tristeza, la soledad, la necesidad del otro por más que se trate de un extraño? Muchas veces nos sentimos en otro plano, vamos en otra dirección y no consideramos que sea nuestra responsabilidad hacerlo. “¡Cómo alguien no lo ayuda!” pensamos excluyéndonos del “alguien”. ¿No estaremos perdiendo en medio de nuestra acuciante celeridad temporal la capacidad de conmovernos? El Maestro entonces, extendió su mano. No sólo lo escuchó, no sólo le dedicó tiempo, no sólo se conmovió… le extendió su mano. Sucede muchas veces que nos quedamos con el “diagnóstico” de la situación, con el “qué mal que está eso” y no movemos nuestras manos para actuar frente a esa realidad. Solo vemos y juzgamos pero no obramos en consecuencia. Y Jesús fue más allá: “lo tocó”. Con todo lo que eso implicaba en aquellos tiempos. Tocar a un leproso significaba automáticamente ser impuro, quedar al margen de la sociedad. Peor aún, esta decisión porque supuestamente era algo que Dios quería. Sucede que a veces nuestra preceptización de la fe nos lleva a hechos de similares consecuencias exclusivas que en el relato. Tenemos muchas veces miedo de que nos vean “juntarnos” con tal o cual persona. No queremos ni siquiera sentarnos al lado de alguien ni mucho menos tener siquiera un intercambio de palabras. Como agravante, esto muchas veces ocurre en el seno de nuestras comunidades de fe. El Hijo de Dios no solo se conmovió y le tendió su mano, sino que se comprometió con el leproso a punto tal de no importarle que por ese hecho otros pudieran excluirlo o verlo con malos ojos. Finalmente, pronunció las palabras confirmatorias de su decisión. Debemos comprender que a veces no es suficiente con hacer, con sentir. Hay que manifestarlo, hay que decirlo. Que no nos avergüence hablar de las cosas de Dios, que no hagamos una separación como si tuviéramos que reservar el hablar de nuestra fe sólo para reuniones específicas. En cada acción de nuestra vida, podemos no solo actuar como hijos de Dios, sino también manifestarlo.

domingo, 8 de febrero de 2009

Domingo 8 de Febrero de 2009

Mc 1, 29-39
Jesús fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos. Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús sanó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a éstos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él. Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: "Todos te andan buscando". Él les respondió: "Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido". Y fue por toda la Galilea, predicando en las sinagogas de ellos y expulsando demonios.

La Suegra de Pedro fue sanada por Jesús y de inmediato se puso a trabajar para el Reino. No se quedó mirando para atrás a su enfermedad, lamentándose, convaleciendo, quejándose. A veces nos suele suceder que por lamentarnos de nuestro costado débil dejamos de lado lo que puede realizar nuestro costado fortalecido. En sintonía con esto, cuando Dios nos ha tomado de la mano para levantarnos de las dificultades y del pecado, no gastemos nuestras energías mirando para atrás, renegando de lo que nos pasó, recordándolo con culposa obsesión, que por delante hay mucho por hacer y Èl nos ha hecho nuevas criaturas.

Los enfermos fueron llevados por otros a la presencia de Jesús, tanto como se relata también en numerosos pasajes del Evangelio. Seguramente quien llevaba a cada uno, debía vivir su fe de tal manera que contagiaba y animaba al enfermo a hacer un esfuerzo y llegar hasta quien podía quitarles el mal entre la gente agolpada frente a la puerta. ¿Estaremos viviendo nuestra fe de forma tal que si invitamos a un amigo, un vecino, un familiar a vivirla de igual modo, se sienta animado y se deje guiar por nosotros?

Jesús escuchó a Simón decirle que todos lo buscaban. Todos en aquella ciudad querían retenerlo, tenerlo “a mano”. La respuesta del Señor puede haber sonado dura en principio a los oídos de sus discípulos. ¿Dejar a toda aquella gente esperándolo? Pero ellos ya habían tenido su oportunidad de verlo, escucharlo y liberarse de muchos males con su presencia. Había también muchos más a los que alcanzar con la Buena Noticia. ¿Nos sucede a veces que casi queremos dirigirle la obra a Dios? ¿Pretendemos quizás hacer de nuestras comunidades, de nuestros grupos, de nuestra “religión” un lugar cerrado y restringido? ¿Valoramos las oportunidades en las que hemos recibido la bendición de Dios en nuestras vidas o vivimos reclamando siempre una más? ¿Somos capaces de compartir esa bendición con el otro, aún cuando no lo conozcamos? Jesús estuvo un día en aquella aldea, sepamos qué hacer cuando Él se hace presente en la aldea de nuestra vida.