domingo, 22 de marzo de 2009

Domingo 22 de marzo de 2009

Jn 3, 14-21
Dijo Jesús: De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.


Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto. Pero ¿por qué? Si releemos la historia narrada en el libro de los Números podremos trazar varias analogías. Recordemos que Dios alimentó a su pueblo con el Maná. Aún cuando Israel venía de una victoria reciente, se mostró cansado de aquel alimento. Una vez más como tantas otras, Israel recriminó a Moisés y al propio Dios por aquella situación. Una y otra vez, Dios había guiado y sostenido los pasos de su pueblo. Y cada tanto, reaparecían las voces de reclamos. Nada parecía conformarles. Siempre querían algo más, otra cosa, atender sus puntos de vista humanos, muchas veces mezquinos y prepotentes. El apartarse del alimento de Dios los condujo a un callejón sin salida, enfermando y muriendo lieteralmente. Fue entonces que Dios una vez más mostró su bondad y su fidelidad a su pueblo e indicó a Moisés que hiciera aquella serpiente de forma que con solo mirarla los israelitas recobraban la salud y no perdían la vida. ¿Nos pasa a veces que mirando hacia atrás somos incapaces de ver la presencia de Dios en nuestras vidas? O al menos desvalorizar aquello en función de nuevas sensaciones y cuestionamientos emergentes. Le discutimos a Dios y le reclamamos porque no nos da lo que queremos. ¿Nos habremos cansado de su Palabra? ¿Se nos habrá tornado rutinaria? ¿Queremos otras respuestas que se adecuen a nuestras humanas limitaciones? ¿De pronto encontramos esa Palabra desabrida e insulsa? Miremos entonces a la Palabra levantada en alto, sufriendo y muriendo por nosotros, revaloricémosla, démosle nuevamente cabida en nuestro corazón, comamos de ella cotidianamente descubriéndola renovada en cada jornada. Cada vez que nuestra vida parezca carente de rumbo, sin sabor, aburrida o tediosa, seamos capaces de mirar a lo alto del Madero, seamos capaces de valorar aquella entrega por nuestra propia vida y con esa efusión sigamos caminando, pues todavía hay mucho por recorrer.

Los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, es la triste afirmación que nos devuelve el espejo del relato. Es cierto que si recorremos la historia de la humanidad encontramos a cada paso acciones erróneas, es decir alejadas de la Verdad, de aquello que constituye la voluntad de Dios para el mundo que Él creó. En realidad no sería necesario siquiera mirar hacia atrás. Cuando un edificio se viene abajo, es indudable que una o varias cosas estuvieron mal en su proceso de construcción. Independientemente de cual haya sido, todo el edificio sufrió la consecuencia. Se puede haber utilizado el acero más noble, pero un dopaje equivocado en la composición del hormigón podría ocasionar el derrumbe. O bien todos los materiales ser de primera calidad pero haber desaciertos en los cálculos estructurales del profesional. Igualmente, por excelente que fuera la calidad de los materiales y brillantes los cálculos de los diseñadores, nadie puede asegurar cómo obrará el paso del tiempo o condiciones externas no contempladas. Así sucede con el “edificio” de la humanidad. Hoy en día vemos el derrumbe de millones de personas viviendo en condiciones infrahumanas, padeciendo necesidades de todo tipo, miles de hechos de violencia que van desde una respuesta colérica hasta la más atroz de las guerras, sufrimiento, dolor, ultrajes… Las tinieblas indudablemente han estado presentes a cada paso en el proceso de esa construcción. Sin embargo, la promesa es que las tinieblas no prevalecerán sobre la Luz. En cada continente, en cada país, en cada región, en cada humilde pueblo encontraremos personas que decididamente se dejan iluminar por Dios y reflejándola a su entorno. Como dice el relato, obrando conforme a la Verdad se han acercado a la Luz y podríamos acercar en este círculo virtuoso que acercándose más a la Luz, más obrará conforme a la Verdad. Cada uno de nosotros nos encontraremos a diario, a cada instante con esta opción. Las tinieblas y la Luz se nos presentarán como decisión a tomar en cada una de nuestras acciones, palabras y silencios.

El Hijo de Dios vino para que nos salvemos. Así de simple. Sin muchas explicaciones teológicas ni argumentaciones filosóficas. Sin complicados mecanismos ni agobiantes reglas. Sin necesidad de merecimientos ni de calificación. La pregunta en consecuencia también es simple: ¿queremos ser salvados? Porque allí está nuestra voluntad libre. ¿Nos ha sucedido alguna vez que estando enfermos el médico nos recetó una medicina? Podríamos haber leído con atención las minúsculas letras del prospecto. Aún así no comprenderíamos las acciones de cada uno de los componentes. Y aún comprendiéndolo, no sabríamos los delicados procesos que intervendrían en su producción. Tampoco nos preguntaríamos por los controles de calidad que debiera haber sorteado ni por quien fue el inventor de la fórmula. Haciendo un acto de confianza en todo lo intermedio, desde el médico que nos recetó tal solución hasta que la medicina llegó a nuestro alcance, simplemente la tomamos. Pero ese acto de confianza requirió de nuestra voluntad para aceptar aquel mecanismo para nuestra cura. Luego, con el correr de las horas o los días, el recuperar la salud nos muestra los frutos de ese acto volitivo y de esa expresión de confianza. Así también podemos comprender que por la Fe aceptamos con la acción de nuestro libre albedrío la Salvación que Dios nos acercó por medio de su Hijo. Esto nos llevará a mostrarnos sanados, hombres nuevos, redimidos, ciudadanos de un Nuevo Reino. Y esos frutos en nuestras vidas serán semillas en el camino de los otros. Cuando un enfermo grave sana gracias a una medicina, quienes lo rodean y él mismo se encargan de instalar las bondades de esa medicina en cuantos la puedan llegar a necesitar. Así el enfermo sanado se habrá constituido en un humilde modelo de lo que la medicina pudo realizar y así ayudar a otros. Nuestra conversión mostrará sus frutos y hará que otros y nosotros mismos, volvamos a comer de la Palabra y del Cuerpo de aquel Árbol que nos devuelve la Vida.