viernes, 27 de marzo de 2009

Domingo 29 de marzo de 2009

Jn 12, 20-33

Había unos griegos que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios durante la fiesta de Pascua. Éstos se acercaron a Felipe de Betsaida de Galilea, y le dijeron: "Señor, queremos ver a Jesús". Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. Él les respondió: "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: "Padre, líbrame de esta hora"? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!". Entonces se oyó una voz del cielo: "Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar". La multitud, que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel". Jesús respondió: "Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí".

Unos griegos llegaron a Jesús. Si lo expresamos así en una simple frase, no apreciamos la riqueza del contexto. Si recurriéramos a una lectura orante y reflexiva seguramente se nos irían abriendo puertas tras puertas mostrándonos cada vez con mayor profundidad como lo contextual nos aporta todavía más enseñanzas. Estos griegos o extranjeros seguramente tenían muchas diferencias y muchas exclusiones para la práctica de su fe. Tal vez varios de ellos ni siquiera hablaban el propio idioma de los israelitas. Debían recorrer largas distancias para llegar al templo para adorar al Dios de la bondad y la fidelidad, al que en algún momento habrían conocido y tomado la decisión de buscar separándose de las doctrinas de sus ancestros. Más aún, sabían de antemano que en ese contexto, nunca dejarían de ser una especie de “creyentes de segunda” a los cuales se les niega derechos de otros miembros de la misma comunidad religiosa, por ejemplo, acceder a los lugares del templo reservado para los judíos y contentarse con estar en el atrio, en el lugar de los “gentiles”. A pesar de esas dificultades y marginaciones, perseveran en fortalecer su fe en el Dios de Israel. Otra traducción de este pasaje, nos aclara que si bien un grupo de griegos iba en camino al templo, solo “algunos” de ellos quisieron ver a Jesús. Pero ¿cómo llegar? Hablan con Felipe y éste a su vez con Andrés que era originariamente de su misma tierra y entre ambos trasladar la inquietud a Jesús. El relato no concreta aseverando si el Señor los recibió pero descontamos que sí. Luego de tanta perseverancia en la fe, habían llegado no solo al templo que les privaba de acercarse a determinados lugares, sino que habían llegado literalmente al Santísimo, a cuya figura de lugar en el templo sólo el Sumo Sacerdote y esporádicamente podía entrar. A veces podemos situarnos en el plano de los griegos y tener que fortalecer nuestra voluntad, nuestra perseverancia, vencer las dificultades de la incomprensión, las distancias y hasta hacer un alto en el caminar para mirar hacia donde está Dios realmente. Otras veces podremos situarnos en el plano de Felipe haciendo de nexo para que los que tienen dificultades, los marginados y discriminados puedan canalizar su fe y llegar a Jesús.

La multitud oyó lo mismo pero cada uno escuchó algo distinto. Para algunos la voz del Padre simplemente era un trueno. No entendían su mensaje, o no estaban atentos a él, o se negaban a pensar que Dios pudiera hablarles, o sencillamente buscaban el fenómeno natural como explicación racional de aquella intervención de Dios. Para otros, se trataba de la voz de algún ángel. Éstos escuchaban, daban crédito, comprendían el mensaje, le daban un nivel espiritual de procedencia, pero con todo les faltaba (o les costaba) entender la real dimensión de aquel hecho en el que el propio Padre hablaba sobre su Hijo. Hoy en día nos puede suceder tanto una como otra instancia. ¿Qué haríamos si escucháramos a Dios hablándonos con la fuerza de nuestra propia convicción interior? Tal vez puede sucedernos como aquellos que ante un mensaje de Dios inquietante o que choca con nuestros preconceptos lo ahogamos queriéndonos convencer de que esa no debe ser la voz del Señor. Que seguramente estamos escuchando mal en nuestro corazón, que es sólo “ruido”. Otras tal vez lo vivimos como una experiencia externa, como algo que se sugiere pero evitamos darle el carácter profundo y decisivo de ser lo que Dios nos está queriendo decir, porque si “cambiamos” al Autor de un mensaje, cambian las implicancias, la credibilidad y la respuesta que deberemos dar.

Jesús sabe que llega el momento de consumar la obra redentora. El momento central de la historia. El Señor reconoce que su alma está turbada. Pero la misma bondad y fidelidad divina se muestran una vez más ahora que la hora ha llegado. A nosotros suele costar mucho ser imagen y semejanza de Dios en estas características de bondad y fidelidad. A veces nos centramos tanto en nuestras propias fuerzas y capacidades que hasta negamos si nos encontramos turbados ante aquello que debemos realizar, porque no sea cuestión que los demás nos crean débiles. Sin embargo la fortaleza está justamente en que reconociendo nuestras limitaciones, nuestros temores, nuestras imperfecciones, nuestras inseguridades y desalientos, seamos capaces de continuar porque para eso hemos llegado hasta ese punto. Pero más aún, para eso Dios nos ha fortalecido para llegar a ese punto y lo seguirá haciendo para animarnos a concretar su obra en nuestro medio. Aunque hayan multitudes que piensen que obramos guiados por impulsos tan efímeros, naturales y fugaces como el trueno, u otros que desvíen al Autor del mensaje que llevamos, o que como aquellos griegos experimentemos las dificultades de comunicación o distancia, de la marginación y la discriminación para la práctica de nuestra fe, aún así, con mayor fuerza resonará dentro nuestro la voz de Dios confirmando que lo que ya hizo lo volverá a hacer, y animándonos porque su fidelidad no tiene límites.

Domingo 29 de marzo de 2009

Jn 12, 20-33

Había unos griegos que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios durante la fiesta de Pascua. Éstos se acercaron a Felipe de Betsaida de Galilea, y le dijeron: "Señor, queremos ver a Jesús". Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. Él les respondió: "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: "Padre, líbrame de esta hora"? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!". Entonces se oyó una voz del cielo: "Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar". La multitud, que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel". Jesús respondió: "Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí".

Unos griegos llegaron a Jesús. Si lo expresamos así en una simple frase, no apreciamos la riqueza del contexto. Si recurriéramos a una lectura orante y reflexiva seguramente se nos irían abriendo puertas tras puertas mostrándonos cada vez con mayor profundidad como lo contextual nos aporta todavía más enseñanzas. Estos griegos o extranjeros seguramente tenían muchas diferencias y muchas exclusiones para la práctica de su fe. Tal vez varios de ellos ni siquiera hablaban el propio idioma de los israelitas. Debían recorrer largas distancias para llegar al templo para adorar al Dios de la bondad y la fidelidad, al que en algún momento habrían conocido y tomado la decisión de buscar separándose de las doctrinas de sus ancestros. Más aún, sabían de antemano que en ese contexto, nunca dejarían de ser una especie de “creyentes de segunda” a los cuales se les niega derechos de otros miembros de la misma comunidad religiosa, por ejemplo, acceder a los lugares del templo reservado para los judíos y contentarse con estar en el atrio, en el lugar de los “gentiles”. A pesar de esas dificultades y marginaciones, perseveran en fortalecer su fe en el Dios de Israel. Otra traducción de este pasaje, nos aclara que si bien un grupo de griegos iba en camino al templo, solo “algunos” de ellos quisieron ver a Jesús. Pero ¿cómo llegar? Hablan con Felipe y éste a su vez con Andrés que era originariamente de su misma tierra y entre ambos trasladar la inquietud a Jesús. El relato no concreta aseverando si el Señor los recibió pero descontamos que sí. Luego de tanta perseverancia en la fe, habían llegado no solo al templo que les privaba de acercarse a determinados lugares, sino que habían llegado literalmente al Santísimo, a cuya figura de lugar en el templo sólo el Sumo Sacerdote y esporádicamente podía entrar. A veces podemos situarnos en el plano de los griegos y tener que fortalecer nuestra voluntad, nuestra perseverancia, vencer las dificultades de la incomprensión, las distancias y hasta hacer un alto en el caminar para mirar hacia donde está Dios realmente. Otras veces podremos situarnos en el plano de Felipe haciendo de nexo para que los que tienen dificultades, los marginados y discriminados puedan canalizar su fe y llegar a Jesús.

La multitud oyó lo mismo pero cada uno escuchó algo distinto. Para algunos la voz del Padre simplemente era un trueno. No entendían su mensaje, o no estaban atentos a él, o se negaban a pensar que Dios pudiera hablarles, o sencillamente buscaban el fenómeno natural como explicación racional de aquella intervención de Dios. Para otros, se trataba de la voz de algún ángel. Éstos escuchaban, daban crédito, comprendían el mensaje, le daban un nivel espiritual de procedencia, pero con todo les faltaba (o les costaba) entender la real dimensión de aquel hecho en el que el propio Padre hablaba sobre su Hijo. Hoy en día nos puede suceder tanto una como otra instancia. ¿Qué haríamos si escucháramos a Dios hablándonos con la fuerza de nuestra propia convicción interior? Tal vez puede sucedernos como aquellos que ante un mensaje de Dios inquietante o que choca con nuestros preconceptos lo ahogamos queriéndonos convencer de que esa no debe ser la voz del Señor. Que seguramente estamos escuchando mal en nuestro corazón, que es sólo “ruido”. Otras tal vez lo vivimos como una experiencia externa, como algo que se sugiere pero evitamos darle el carácter profundo y decisivo de ser lo que Dios nos está queriendo decir, porque si “cambiamos” al Autor de un mensaje, cambian las implicancias, la credibilidad y la respuesta que deberemos dar.

Jesús sabe que llega el momento de consumar la obra redentora. El momento central de la historia. El Señor reconoce que su alma está turbada. Pero la misma bondad y fidelidad divina se muestran una vez más ahora que la hora ha llegado. A nosotros suele costar mucho ser imagen y semejanza de Dios en estas características de bondad y fidelidad. A veces nos centramos tanto en nuestras propias fuerzas y capacidades que hasta negamos si nos encontramos turbados ante aquello que debemos realizar, porque no sea cuestión que los demás nos crean débiles. Sin embargo la fortaleza está justamente en que reconociendo nuestras limitaciones, nuestros temores, nuestras imperfecciones, nuestras inseguridades y desalientos, seamos capaces de continuar porque para eso hemos llegado hasta ese punto. Pero más aún, para eso Dios nos ha fortalecido para llegar a ese punto y lo seguirá haciendo para animarnos a concretar su obra en nuestro medio. Aunque hayan multitudes que piensen que obramos guiados por impulsos tan efímeros, naturales y fugaces como el trueno, u otros que desvíen al Autor del mensaje que llevamos, o que como aquellos griegos experimentemos las dificultades de comunicación o distancia, de la marginación y la discriminación para la práctica de nuestra fe, aún así, con mayor fuerza resonará dentro nuestro la voz de Dios confirmando que lo que ya hizo lo volverá a hacer, y animándonos porque su fidelidad no tiene límites.

domingo, 22 de marzo de 2009

Domingo 22 de marzo de 2009

Jn 3, 14-21
Dijo Jesús: De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.


Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto. Pero ¿por qué? Si releemos la historia narrada en el libro de los Números podremos trazar varias analogías. Recordemos que Dios alimentó a su pueblo con el Maná. Aún cuando Israel venía de una victoria reciente, se mostró cansado de aquel alimento. Una vez más como tantas otras, Israel recriminó a Moisés y al propio Dios por aquella situación. Una y otra vez, Dios había guiado y sostenido los pasos de su pueblo. Y cada tanto, reaparecían las voces de reclamos. Nada parecía conformarles. Siempre querían algo más, otra cosa, atender sus puntos de vista humanos, muchas veces mezquinos y prepotentes. El apartarse del alimento de Dios los condujo a un callejón sin salida, enfermando y muriendo lieteralmente. Fue entonces que Dios una vez más mostró su bondad y su fidelidad a su pueblo e indicó a Moisés que hiciera aquella serpiente de forma que con solo mirarla los israelitas recobraban la salud y no perdían la vida. ¿Nos pasa a veces que mirando hacia atrás somos incapaces de ver la presencia de Dios en nuestras vidas? O al menos desvalorizar aquello en función de nuevas sensaciones y cuestionamientos emergentes. Le discutimos a Dios y le reclamamos porque no nos da lo que queremos. ¿Nos habremos cansado de su Palabra? ¿Se nos habrá tornado rutinaria? ¿Queremos otras respuestas que se adecuen a nuestras humanas limitaciones? ¿De pronto encontramos esa Palabra desabrida e insulsa? Miremos entonces a la Palabra levantada en alto, sufriendo y muriendo por nosotros, revaloricémosla, démosle nuevamente cabida en nuestro corazón, comamos de ella cotidianamente descubriéndola renovada en cada jornada. Cada vez que nuestra vida parezca carente de rumbo, sin sabor, aburrida o tediosa, seamos capaces de mirar a lo alto del Madero, seamos capaces de valorar aquella entrega por nuestra propia vida y con esa efusión sigamos caminando, pues todavía hay mucho por recorrer.

Los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, es la triste afirmación que nos devuelve el espejo del relato. Es cierto que si recorremos la historia de la humanidad encontramos a cada paso acciones erróneas, es decir alejadas de la Verdad, de aquello que constituye la voluntad de Dios para el mundo que Él creó. En realidad no sería necesario siquiera mirar hacia atrás. Cuando un edificio se viene abajo, es indudable que una o varias cosas estuvieron mal en su proceso de construcción. Independientemente de cual haya sido, todo el edificio sufrió la consecuencia. Se puede haber utilizado el acero más noble, pero un dopaje equivocado en la composición del hormigón podría ocasionar el derrumbe. O bien todos los materiales ser de primera calidad pero haber desaciertos en los cálculos estructurales del profesional. Igualmente, por excelente que fuera la calidad de los materiales y brillantes los cálculos de los diseñadores, nadie puede asegurar cómo obrará el paso del tiempo o condiciones externas no contempladas. Así sucede con el “edificio” de la humanidad. Hoy en día vemos el derrumbe de millones de personas viviendo en condiciones infrahumanas, padeciendo necesidades de todo tipo, miles de hechos de violencia que van desde una respuesta colérica hasta la más atroz de las guerras, sufrimiento, dolor, ultrajes… Las tinieblas indudablemente han estado presentes a cada paso en el proceso de esa construcción. Sin embargo, la promesa es que las tinieblas no prevalecerán sobre la Luz. En cada continente, en cada país, en cada región, en cada humilde pueblo encontraremos personas que decididamente se dejan iluminar por Dios y reflejándola a su entorno. Como dice el relato, obrando conforme a la Verdad se han acercado a la Luz y podríamos acercar en este círculo virtuoso que acercándose más a la Luz, más obrará conforme a la Verdad. Cada uno de nosotros nos encontraremos a diario, a cada instante con esta opción. Las tinieblas y la Luz se nos presentarán como decisión a tomar en cada una de nuestras acciones, palabras y silencios.

El Hijo de Dios vino para que nos salvemos. Así de simple. Sin muchas explicaciones teológicas ni argumentaciones filosóficas. Sin complicados mecanismos ni agobiantes reglas. Sin necesidad de merecimientos ni de calificación. La pregunta en consecuencia también es simple: ¿queremos ser salvados? Porque allí está nuestra voluntad libre. ¿Nos ha sucedido alguna vez que estando enfermos el médico nos recetó una medicina? Podríamos haber leído con atención las minúsculas letras del prospecto. Aún así no comprenderíamos las acciones de cada uno de los componentes. Y aún comprendiéndolo, no sabríamos los delicados procesos que intervendrían en su producción. Tampoco nos preguntaríamos por los controles de calidad que debiera haber sorteado ni por quien fue el inventor de la fórmula. Haciendo un acto de confianza en todo lo intermedio, desde el médico que nos recetó tal solución hasta que la medicina llegó a nuestro alcance, simplemente la tomamos. Pero ese acto de confianza requirió de nuestra voluntad para aceptar aquel mecanismo para nuestra cura. Luego, con el correr de las horas o los días, el recuperar la salud nos muestra los frutos de ese acto volitivo y de esa expresión de confianza. Así también podemos comprender que por la Fe aceptamos con la acción de nuestro libre albedrío la Salvación que Dios nos acercó por medio de su Hijo. Esto nos llevará a mostrarnos sanados, hombres nuevos, redimidos, ciudadanos de un Nuevo Reino. Y esos frutos en nuestras vidas serán semillas en el camino de los otros. Cuando un enfermo grave sana gracias a una medicina, quienes lo rodean y él mismo se encargan de instalar las bondades de esa medicina en cuantos la puedan llegar a necesitar. Así el enfermo sanado se habrá constituido en un humilde modelo de lo que la medicina pudo realizar y así ayudar a otros. Nuestra conversión mostrará sus frutos y hará que otros y nosotros mismos, volvamos a comer de la Palabra y del Cuerpo de aquel Árbol que nos devuelve la Vida.

domingo, 15 de marzo de 2009

Domingo 15 de marzo de 2009

Jn 2, 13-25
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: "Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio". Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: "El celo por tu Casa me consume". Entonces los judíos le preguntaron: "¿Qué signo nos das para obrar así?". Jesús les respondió: "Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar". Los judíos le dijeron: "Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?". Pero él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado. Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: Él sabía lo que hay en el interior del hombre.

Los judíos mencionados en el relato (fuera de los discípulos y del propio Jesús) podrían dividirse en tres grupos. En principio los vendedores y cambistas que se beneficiaban con las legislaciones impuestas desde el templo que no solo imponían pesadas cargas sobre los fieles, sino que también los alejaban del verdadero corazón de Dios. Les ofrecían la imagen de un Dios al que no podrían llegar si no “tenían” algo para entregar decidiendo ellos qué era válido y qué no. Lo más acuciante era la cercanía que habían logrado con el centro religioso, a punto tal que estas actividades se practicaban en el templo mismo. Vale entonces preguntarnos si a veces no recurrimos a una visión “mercantilista” de nuestra fe. O lo que es peor, transmitimos a otros esa imagen de una fe mirada con los ojos de la sociedad de consumo. Solemos conservar los ritos automatizándolos de tal forma que vemos el envoltorio sin tomar en cuenta el contenido y mostramos a otros esa imagen. O lo que es peor, medimos la relación del otro con Dios con aquella misma vara sintiéndonos jueces de su vida de fe.
El segundo grupo de judíos podría estar representado en aquellos que piden signos pero cuando se los anuncian y se contraponen con sus expectativas, no dudan en cuestionarlos, criticarlos y desecharlos. Solemos interponer nuestros pensamientos humanos y por tanto limitados a la voluntad de Dios. No sólo preguntamos “¿porqué?” sino que además cuestionamos su hacer o dejar hacer. Es como si nos ubicáramos en un plano superior y estuviéramos en condiciones de decirle a Dios cómo se deben hacer las cosas. Seguramente si de nosotros dependiera muchas veces hasta “aboliríamos” el libre albedrío que Dios ha conferido a la humanidad. Y cuando descubrimos que nuestras acciones nos han alejado del corazón de Dios, buscamos excusas, exponemos nuestras razones, queremos justificar nuestros actos y pretender que acciones erróneas se constituyan en la verdad a seguir.
El tercer grupo de judíos lo constituyen aquellos que creyeron en su Nombre y a través de sus signos. Sin embargo bajo ese manto de piedad, bajo esa piel de disposición a acercarse a Dios, habían otras raíces que no escapaban a la profunda mirada del Señor. A veces tenemos algo así como “ráfagas” de cristianismo. Algunos acontecimientos en nuestras vidas nos acercan a la oración, a la escucha y meditación de la Palabra de Dios, a las acciones de amor hacia nuestros hermanos, hacia los gestos de reconciliación. Pero son justamente ráfagas disparadas por esas circunstancias. Cuando el tiempo atempera esas vivencias, vamos volviendo a una vida con menos contenido de fe, con menos acento en la espiritualidad y el obrar en consecuencia.

Los discípulos recordaron una y otra vez. Recordaron las escrituras en primera instancia y luego recordarían los anuncios de Jesús. Este hecho seguramente nos habla de la importancia de darle cabida continuamente a beber el agua de la Palabra, de reflexionarla y meditarla, de atesorarla y buscarle el sentido para nuestras vidas. Solo una apropiada “asimilación” nos permite recordar con prontitud. De esta forma, a cada paso de nuestro cotidiano existir encontraremos nuestra propia hermenéutica, un razonamiento y juicio de los sucesos contrastados con el espejo que nos brindan las enseñanzas transmitidas. A veces ha de pasar algún tiempo para que comprendamos su cabal sentido, pero si nos sumergimos en un diálogo constante de lectura y oración con la Palabra de Dios, podremos descubrir cual es la mirada del Señor en los sucesos que se vayan originando en nuestras vidas.

Jesús aparece con tres respuestas contundentes a las actitudes de cada uno de los grupos que mencionamos antes. Sabía que con aquella férrea actitud se ganaba el odio de la dirigencia político-religiosa que buscaría acabar con Él. Este mismo hecho es puesto en los escritos de los restantes autores evangélicos como el detonante final de la decisión de matar al Señor. En uno de los casos, la contundencia está dada en la acción física en sí, tomándose el trabajo de hacer un látigo y echar a vendedores y cambistas. Es claro entonces que frente a las injusticias, no es suficiente con denunciarlas y criticarlas. Se hace necesario tener una actitud comprometida y que no deje lugar a dudas. Nuestras acciones deberán ser coherentes con nuestras palabras y nuestros pensamientos. Debemos acompañar con hechos de vida nuestra defensa de los postulados del Reino de Dios.
La segunda actitud de Jesús no es menos contundente: desbarata las estructuras. Presenta a aquello que constituía como el centro mismo de la vida del judaísmo, como un mero recinto de debilidades sujeto a ser destruido y reconstruido. Además de referirse a su propio Cuerpo como aclara el escritor, el Señor proponía a sus interlocutores que aquello que era su “tesoro”, el “centro” de sus vidas, llegaría a ser nada más que escombros. Es duro, pero a veces nosotros hemos construido fortalezas en nuestras vidas, hemos centrado todo nuestro existir en estructuras sociales que aparentan brindarnos seguridad, y de pronto, nos encontramos con que hemos equivocado el camino, con que allí no estaba la voluntad de Dios, aún cuando nos hubiera llevado décadas de caminar en ese sentido, desubrir de pronto nuestro error. Lo importante en este caso, es no quedarnos a la mitad de la frase de Jesús, no quedarnos con el anuncio de la destrucción, de lo que ha sido nuestra errónea construcción, sino dejar que Él sea quien en tres días, en apenas un instante, nos reconstruya, nos enmiende, nos llene con la Luz de su verdad.
Finalmente encontramos a Jesús no confiando en quienes aparentemente creían en Él y se maravillaban con sus signos. Muchas veces las “segundas intenciones” son moneda frecuente aún en medio de nuestra vida de fe. Las apariencias dominan nuestra conducta en distintas ocasiones. Nos privamos de ser como siente nuestro corazón por no aparentar. O nos esforzamos en aparentar lo que no siente nuestro corazón. Esa dualidad no sólo se da en nuestro proceder personal, sino también en lo familiar, lo social, lo laboral y hasta la vida comunitaria. Pero esto no debe asustarnos ni alejarnos, al contrario, debemos dejar que Jesús sea quien con su mirada a nuestro interior nos revele su juicio crítico sobre nuestras acciones, que nuestra conciencia esté continuamente llamándonos a remediar esa actitud que aparece presente a lo largo de toda la historia de la humanidad. San Pablo confesaba hacer el mal que no quería, Simón negaría a Jesús aparentando no ser su discípulo, los hijos de Zebedeo querían para sí los mejores lugares, y así podríamos seguir encontrando no sólo en el nuevo sino también en el antiguo testamento ejemplos innumerables. Está en nosotros estar convencidos de que Jesús sabe lo que somos, conoce nuestras debilidades y siempre tiene una Palabra para nuestra vida que nos da la posibilidad de mostrarnos como somos sin temores ni condicionamientos, y construir lo que somos mostrándonos su voluntad.

domingo, 8 de marzo de 2009

Domingo 8 de marzo de 2009

Mc 9, 2-10
Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: "Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías". Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: "Éste es mi Hijo muy querido, escúchenlo". De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría "resucitar de entre los muertos".

Pedro no sabía que decir. Como tantas otras veces su impulsividad lo llevaba a realizar comentarios que más de una vez le significaron reproches del Señor. Muchas veces nos cuesta el silencio. Aún en la oración, nos cuesta dejar el momento de silencio para escuchar a Dios y en cambio llenamos nuestro tiempo de diálogo con él con nuestras palabras. Por eso talvez la importancia de la recomendación de la voz del Padre: “escúchenlo”. En un mundo lleno de urgencias nos falta tiempo para estar en silencio y escuchar. Escuchar a Dios, escuchar al otro, escuchar aún el eco de nuestras palabras, repensar lo dicho. Pedro había expresado una frase que “sonaba bien” que parecía ser algo adecuado, pero como dice el pasaje sin saber qué decir en ese momento. A veces nos puede suceder también en esa urgencia de hablar de todo, de encontrar respuestas inmediatas a todo, de “no quedarnos callados”, esbocemos palabras para sencillamente quedar bien pero no aceptamos nuestras limitaciones y con humildad pensar que hay situaciones para las que no tenemos más que decir que nuestro silencio o sencillamente “vivir” ese momento sin necesidad de agregar comentarios.

Pedro, Santiago y Juan fueron llevados por Jesús con Él como tantas otras veces. Sus amigos íntimos y no el resto compartían algunos momentos específicos en la vida del Señor. Es probable que muchas personas al ser consultadas en las sandalias de qué personaje de todos los narrados en el Evangelio quisieran estar elegirían a alguno de aquellos que pertenecían a ese círculo tan allegado. Otros pensarían que esos lugares podrían estar en manos de personas colmados de buenas acciones y santidad en sus vidas. Sin embargo, si miramos a aquel trío de apóstoles, capítulo tras capítulo nos sorprendemos con sus actitudes. Lo impulsivo de Pedro que más de una vez lo hizo tener que retractarse o recibir reproches de Jesús, como en el momento del lavado de pies, o como su triple negación, o como al pensar que podía evitar que su Señor fuera entregado a las manos de los hombres, o aún en las disputas posteriores de sus seguidores con otras comunidades también seguidoras del camino del Señor. Santiago y Juan, los “hijos del trueno” no le iban a la zaga. Eran capaces de egoísmos tan grandes como pretender apropiarse en la gloria del Señor de los lugares a su derecha y a su izquierda. Traspasados por ánimos vengativos y homicidas proponían al Señor hacer caer fuego para destruir aquella ciudad que no los quería recibir. Hasta en la narración inspirada por Juan se dejaba tan mal parado a Pedro, al punto de destacar que por su edad no corría tan rápido o presentar también en él un tinte egoísta al preguntarle a Jesús qué harían con el discípulo amado que iba con ellos. Esos eran los “íntimos” de Jesús. Sólo que a sus limitaciones humanas, la acción de Dios los transformó de raíz. A punto tal de que el último capítulo del Evangelio Jónico nos muestra la forma en que ambas comunidades realizaban sus encuentros en la fe para zanjar las discusiones, enojos y contrariedades. Así también nosotros estamos llenos de limitaciones y heridos por el pecado. Pero Jesús una y otra vez vuelve a invitarnos a subir con Él al monte, a compartir su gloria, a conocer lo más profundo de su ser y a seguir la invitación del Padre a escuchar a su Hijo amado.

Jesús seguía hablando a sus amigos aún con expresiones que ellos poco entendían. Bajando del monte les volvió a anunciar la resurrección. Ya en otras oportunidades se había encargado de aclararles que debía ser entregado para padecer, morir y finalmente resucitar. Sin embargo, estas cuestiones eran complicadas de entender y de asumir por sus amigos y seguidores. Pero era la verdad, la realidad, lo que habría de suceder. Muchas veces nos encontramos con que Jesús parece decirnos cosas que no entendemos, guiarnos por caminos que no conocemos, llevarnos a montes en los que por momento estamos bien y que de pronto debemos descender al llano y afrontar esa realidad que nos circunda y muchas veces nos golpea. Pero ahora, con una nueva mirada, con la certeza de que estamos en la senda por la que el Señor nos ha llevado y que él continuará tomándonos consigo tanto en los ascensos como en los descensos, hablándonos con la Verdad y llamándonos a poner nuestros ojos en la Resurrección.

domingo, 1 de marzo de 2009

Domingo 1º de Marzo de 2009

Mc 1, 12-15
El Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde fue tentado por Satanás durante cuarenta días. Vivía entre las fieras, y los ángeles lo servían. Después que Juan Bautista fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: "El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia".

El Espíritu muchas veces nos mueve a recorrer caminos que antes no hemos transitado o que al menos carecemos de certeza en cuanto a las posibilidades de ventura que tengamos al recorrerlo. La imagen de un desierto siempre amedrenta porque nos enfrenta con nuestra propia soledad. El hombre, ser social por naturaleza, avanza en esa aparente soledad. Se requiere una fortaleza grande en la fe para no retroceder. Para descubrir que allí en medio del aparente desierto, está Dios con sus ángeles esperando que sólo le hablemos, le confiemos nuestras sensaciones, carencias y temores para asistirnos. Pero también estaremos al acecho de las “fieras” que pugnarán por hacernos retroceder, por hacernos dudar si es que en verdad el Espíritu nos llevó por ese sendero de oración y preparación, de acciones concretas y decididas aún a pesar de lo inseguro, difícil o incierto que pareciera avanzar en esa dirección. Pero debemos también preguntarnos como somos en relación con otros “caminantes”. ¿Seremos el desierto que lo aísla, lo atemoriza, lo cuestiona, lo desafía, lo ignora, le consume las fuerzas y no le brinda más que aridez y sequía? ¿Seremos las fieras que están al acecho, prestas para intimidar, impedir, detener, hacer volver atrás, demoler o dañar? ¿O estaremos como los ángeles al servicio de Dios para ayudar al caminante a transitar su propio desierto, acompañarlo, servirle de ayuda y sustento, fortalecerlo y defenderlo del mal?

Satanás tentó a Jesús durante cuarenta días. Más allá de lo literal o lo simbólico del número de días, el solo hecho de imaginarnos a cualquiera de nosotros enfrentados con lo más encumbrado del mal un solo día nos resulta al menos preocupante. Seguramente ha habido días en que tres o cuatro cosas no salieron como pensábamos y ha sido suficiente para exclamar que ese día todo nos salía mal, que no teníamos “suerte” como expresión de algo externo que tenía poder de influir positiva o negativamente en cuanto emprendimos aquella jornada. Lo que podemos inferir del relato, es que Satanás podía “tentar” al Señor, pero no podía “imponer” sus propósitos. De manera análoga, la “llave” para ceder a la tentación del mal está en nuestras manos. En cada acción cotidiana nuestro libre albedrío nos proporciona tres opciones: obrar conforme al bien orientados por la voluntad de Dios, hacerlo de acuerdo con alguna tentación “facilista” que se nos presenta contraria a los planes del Señor, o simplemente no actuar y dejarlo librado a decisiones de otros, evitando nuestro compromiso, nuestra responsabilidad y en definitiva nuestro ser e identidad. La llave está en nuestras manos, si nosotros no abrimos la puerta, el mal no entra. Cuando permitamos que ingrese, sepamos también que él no es el dueño, seguimos siendo nosotros, y podemos acudir al Dios que desde antes ya nos estaba esperando para guiarnos en nuestro desierto.

Jesús nos dice: “el tiempo se ha cumplido”. El tiempo es el bien más preciado del ser humano. Toda la fortuna del mundo no le podrá comprar un día más de vida. Por más que nos esforcemos, no podremos retroceder el tiempo, hacer que vuelva a atrás. Y muchas veces no somos concientes de cómo dejamos que el tiempo pase sin fecundar acciones. No solo orientados por la recomendación del Señor de volver nuestra mirada hacia él y caminar por las sendas que él nos propone, sino aún impasibles frente a nuestro propio llamado a la realización humana. ¿Nos hemos puesto a pensar cómo distribuimos las horas que vivimos cada día? Si escribiéramos una lista seguramente nos sorprendería conocer el cúmulo de tiempo en el que hemos sido “espectadores” de la vida frente a los pocos momentos en que hemos sido “actores” protagónicos de esa misma vida, la nuestra, la de nuestras familias, la de nuestros grupos de trabajo, estudio o afinidades, la de nuestras comunidades y sociedades. La expresión “el tiempo se ha cumplido” debiera sonar en nuestros oídos como el timbre que nos anuncia el final de un recreo. De aquí para adelante cada minuto que perdamos sin hacer lo que Dios soñó para nuestra vida será irrecuperable. Cada instante que aleje nuestro corazón de la conversión sincera y dócil a la voluntad de Dios, demorará más nuestro reencuentro con Él y tendrá incidencia difícil de estimar en el afianzamiento de su Reinado. Cada vez que dudamos de su Buena Noticia, que no creemos, que no expresemos lo que creemos o que no obremos conforme a lo que creemos, estaremos quitando de la centralidad de la historia a Jesús, para nosotros y para quienes dependen o necesitan de nuestras acciones.