viernes, 27 de marzo de 2009

Domingo 29 de marzo de 2009

Jn 12, 20-33

Había unos griegos que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios durante la fiesta de Pascua. Éstos se acercaron a Felipe de Betsaida de Galilea, y le dijeron: "Señor, queremos ver a Jesús". Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. Él les respondió: "Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: "Padre, líbrame de esta hora"? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!". Entonces se oyó una voz del cielo: "Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar". La multitud, que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: "Le ha hablado un ángel". Jesús respondió: "Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí".

Unos griegos llegaron a Jesús. Si lo expresamos así en una simple frase, no apreciamos la riqueza del contexto. Si recurriéramos a una lectura orante y reflexiva seguramente se nos irían abriendo puertas tras puertas mostrándonos cada vez con mayor profundidad como lo contextual nos aporta todavía más enseñanzas. Estos griegos o extranjeros seguramente tenían muchas diferencias y muchas exclusiones para la práctica de su fe. Tal vez varios de ellos ni siquiera hablaban el propio idioma de los israelitas. Debían recorrer largas distancias para llegar al templo para adorar al Dios de la bondad y la fidelidad, al que en algún momento habrían conocido y tomado la decisión de buscar separándose de las doctrinas de sus ancestros. Más aún, sabían de antemano que en ese contexto, nunca dejarían de ser una especie de “creyentes de segunda” a los cuales se les niega derechos de otros miembros de la misma comunidad religiosa, por ejemplo, acceder a los lugares del templo reservado para los judíos y contentarse con estar en el atrio, en el lugar de los “gentiles”. A pesar de esas dificultades y marginaciones, perseveran en fortalecer su fe en el Dios de Israel. Otra traducción de este pasaje, nos aclara que si bien un grupo de griegos iba en camino al templo, solo “algunos” de ellos quisieron ver a Jesús. Pero ¿cómo llegar? Hablan con Felipe y éste a su vez con Andrés que era originariamente de su misma tierra y entre ambos trasladar la inquietud a Jesús. El relato no concreta aseverando si el Señor los recibió pero descontamos que sí. Luego de tanta perseverancia en la fe, habían llegado no solo al templo que les privaba de acercarse a determinados lugares, sino que habían llegado literalmente al Santísimo, a cuya figura de lugar en el templo sólo el Sumo Sacerdote y esporádicamente podía entrar. A veces podemos situarnos en el plano de los griegos y tener que fortalecer nuestra voluntad, nuestra perseverancia, vencer las dificultades de la incomprensión, las distancias y hasta hacer un alto en el caminar para mirar hacia donde está Dios realmente. Otras veces podremos situarnos en el plano de Felipe haciendo de nexo para que los que tienen dificultades, los marginados y discriminados puedan canalizar su fe y llegar a Jesús.

La multitud oyó lo mismo pero cada uno escuchó algo distinto. Para algunos la voz del Padre simplemente era un trueno. No entendían su mensaje, o no estaban atentos a él, o se negaban a pensar que Dios pudiera hablarles, o sencillamente buscaban el fenómeno natural como explicación racional de aquella intervención de Dios. Para otros, se trataba de la voz de algún ángel. Éstos escuchaban, daban crédito, comprendían el mensaje, le daban un nivel espiritual de procedencia, pero con todo les faltaba (o les costaba) entender la real dimensión de aquel hecho en el que el propio Padre hablaba sobre su Hijo. Hoy en día nos puede suceder tanto una como otra instancia. ¿Qué haríamos si escucháramos a Dios hablándonos con la fuerza de nuestra propia convicción interior? Tal vez puede sucedernos como aquellos que ante un mensaje de Dios inquietante o que choca con nuestros preconceptos lo ahogamos queriéndonos convencer de que esa no debe ser la voz del Señor. Que seguramente estamos escuchando mal en nuestro corazón, que es sólo “ruido”. Otras tal vez lo vivimos como una experiencia externa, como algo que se sugiere pero evitamos darle el carácter profundo y decisivo de ser lo que Dios nos está queriendo decir, porque si “cambiamos” al Autor de un mensaje, cambian las implicancias, la credibilidad y la respuesta que deberemos dar.

Jesús sabe que llega el momento de consumar la obra redentora. El momento central de la historia. El Señor reconoce que su alma está turbada. Pero la misma bondad y fidelidad divina se muestran una vez más ahora que la hora ha llegado. A nosotros suele costar mucho ser imagen y semejanza de Dios en estas características de bondad y fidelidad. A veces nos centramos tanto en nuestras propias fuerzas y capacidades que hasta negamos si nos encontramos turbados ante aquello que debemos realizar, porque no sea cuestión que los demás nos crean débiles. Sin embargo la fortaleza está justamente en que reconociendo nuestras limitaciones, nuestros temores, nuestras imperfecciones, nuestras inseguridades y desalientos, seamos capaces de continuar porque para eso hemos llegado hasta ese punto. Pero más aún, para eso Dios nos ha fortalecido para llegar a ese punto y lo seguirá haciendo para animarnos a concretar su obra en nuestro medio. Aunque hayan multitudes que piensen que obramos guiados por impulsos tan efímeros, naturales y fugaces como el trueno, u otros que desvíen al Autor del mensaje que llevamos, o que como aquellos griegos experimentemos las dificultades de comunicación o distancia, de la marginación y la discriminación para la práctica de nuestra fe, aún así, con mayor fuerza resonará dentro nuestro la voz de Dios confirmando que lo que ya hizo lo volverá a hacer, y animándonos porque su fidelidad no tiene límites.