domingo, 5 de julio de 2009

Domingo 5 de Julio de 2009

Mc 6, 1-6a
Jesús se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: "¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es ésa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?". Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. Por eso les dijo: "Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa". Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe.

La multitud está desconcertada. Tiene sentimientos ambivalentes. Por un lado reconocen la sabiduría y las acciones milagrosas del Señor. Por el otro cuestionan su “idoneidad” para tales cosas por su ámbito histórico. A veces nos suele suceder que repetimos esta conducta y “nos situamos por encima del otro” menospreciando lo que él pueda hacer por nosotros. Vemos su historia, su cultura, su contexto, su “apariencia”. Y ver esa “apariencia” nos priva de ver el interior, lo más rico que puede surgir de la persona. Y como aquellos habitantes, nuestros resquemores y prejuicios nos hacen perder la bendición que Dios quería darnos justamente a través de ese hermano.

Unos pocos enfermos sin embargo fueron sanados. Ellos veían la fragilidad de su humanidad y esto abría sus ojos de Fe. No les importaba que la inmensa mayoría cuestionara a Jesús, ellos creyeron contra toda desesperanza. Aún cuando a veces nos encontremos con un mundo que parece querer cuestionar la Fe, negar la acción milagrosa y desoír las enseñanzas divinas, sepamos que Jesús tiene algo para nosotros que nos cambiará la vida, que nos dará la Vida Nueva.

Jesús
se asombraba de aquella falta de fe. Sin embargo eso no le impidió seguir obrando en favor del bien de quienes lo rodeaban. A veces puede suceder que quienes más cerca nuestro están sean los mayores obstáculos para nuestro crecimiento en la fe y para nuestra actividad en la construcción del Reino de Dios. Podremos preguntarnos una y otra vez “¿cómo no nos entienden, cómo no se dan cuenta?” Sin embargo no debemos detenernos ante esas preguntas. Que el asombro de esa realidad no nos paralice y sigamos la tarea a la que el Señor nos ha guiado. Con ellos, sin ellos o a pesar de ellos.